El crimen de Oribe

Carlos Thompson y Roberto Escalada

El 13 de abril de 1950 Leopoldo Torre Nilsson estrena el primer film que lo tiene, oficialmente, como realizador; se trata de “El crimen de Oribe” una obra codirigida con su padre, Leopoldo Torres Ríos. El film, basado en la novela “El perjurio de la nieve” de Adolfo Bioy Casares, relata la historia de un danés, el Sr. Vermehren (Raúl de Lange), que vive encerrado en una mansión patagónica junto a sus cuatro hijas, con quienes todos los días festeja la nochebuena repitiendo, incansablemente, las mismas acciones, como si se tratara de una representación teatral. Hasta que una noche un periodista recién llegado de Buenos Aires, José Luis Villafañe (interpretado por Roberto Escalada) se interesa por el encierro de los Vermehren y sus obsesivas reiteraciones. Tras sus pasos va el poeta Carlos Oribe (Carlos Thompson) quien está fascinado con las muchachas encerradas, aunque no se atreve a acercarse a la mansión porque le teme al perro que la vigila. Villafañe sí se acerca a la casa y también logra ingresar, subrepticiamente, en la misma. Oribe, alardeando de su destreza para construir relatos, roba las experiencias que Villafañe le cuenta y las presenta como propias. Pero algo trágico ocurre tras el ingreso de Villafañe en casa de los Vermehren: una de las muchachas, Lucía (María Concepción César), aparece muerta. Pronto se sabe que Lucía debía haber muerto hace más de un año cuando el Doctor del pueblo diagnosticó que su corazón estaba debilitado y que no pasaría de aquella noche de navidad. Vermehren, enfrentando el destino trágico de su hija, dispuso que nadie más entraría a esa casa y que sus habitantes, él y sus hijas, repetirían ese momento, previo a la nochebuena, eternamente; así, deteniendo el tiempo, evitarían que Lucía muriese. Es por eso que cuando la muchacha perece, Vermehren considera que su muerte aconteció porque alguien ingresó a la casa y alteró su estancamiento temporal. Los alardes de Oribe por vivir experiencias de otros a través de su arte lo llevan a publicar un poema basado en la figura de Lucía, como si verdaderamente la hubiese conocido. Vermehren, convencido de la responsabilidad del poeta en torno al fallecimiento de su hija, lo persigue hasta Buenos Aires y le da muerte pese a las intenciones de Villafañe por detenerlo.

Esta trama compleja propuesta por Nilsson para su adaptación cinematográfica, pudo llegar a las pantallas argentinas por iniciativa de Torres Ríos, tal como lo explica Leopoldo Torre Nilsson:“Después del éxito de “Pelota de Trapo” (mi padre) consiguió que (la productora) “Mapol” le diese carta blanca. Pero como no podía lanzarme solo en la primera película porque los productores podían echarse atrás, se dijo que era codirigida. (Leopoldo Torres Ríos) estuvo los primeros días de filmación y después me largó solo” (1) . Algunos entendidos descreen de estas palabras de Nilsson porque consideran imposible que los productores de la época confiaran la dirección de un film a un realizador de 25 años, relegando al director experimentado al rol de supervisor. Es probable que durante la realización y compaginación de este film, Leopoldo Torres Ríos estuviera más presente de lo que su hijo admitió.

Desde aquí nos resulta imposible determinar cuantos elementos realizativos son propios de Nilsson y cuales de su padre. Pero sí podemos afirmar que “El crimen de Oribe” está más cercano al imaginario del joven Nilsson que al de su padre, con quien compartía la destreza del oficio cinematográfico pero de quien se distanciaba al momento de elaborar la construcción de sentido de un film.

Analizando “El crimen de Oribe”, encontramos en él numerosas diferencias estilísticas con la obra posterior de Nilsson, que nos harían suponer a este film distanciado de su obra personal. Sin embargo, esta visión es sólo aplicable al uso de recursos audiovisuales, debido a que existen pocos rasgos de su estilo de autor en lo que respecta a la utilización de los motivos realizativos (sólo rastreamos aquí la fotografía penumbrosa, algunos pocos planos en contrapicado y otros desequilibrados que, años más tarde, conformarían las marcas del estilo de autor de Nilsson). Es por esto que afirmamos que la autoría de Leopoldo Torre Nilsson en “El crimen de Oribe” está más vinculada a la elección del tema, del género y de la construcción de sentido de este film que a sus elecciones realizativas. 

Este logro autoral no es menor, ya que Nilsson consigue llevar a la pantalla una trama fantástica alejada del cine marcadamente costumbrista que se realizaba por esos años en Argentina. El género fantástico tenía tenues antecedentes en la filmografía nacional, pero sí disponía de una vasta creación dentro de la literatura argentina: pensemos en Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y los cuentos de Julio Cortázar que, tímidamente, se daban a conocer por esos años.

Pero, más allá de esta incursión en el género, lo trascendente de “El crimen de oribe” es su tema: la voluntad del hombre por dominar todo aquello que lo rodea. Y su anclaje temático en tres ítems identificables:

-El dominio del arte sobre los acontecimientos reales

-El dominio de la voluntad del hombre para detener el tiempo.

-El dominio de la sexualidad de los jóvenes por parte de sus progenitores

Los dos últimos ítems están enlazados: Vermehren quiere detener el tiempo para no perder a su hija ante los brazos de la muerte. Pero esta acción, en verdad, encierra el deseo oculto de Vermehren por preservar los cuerpos de sus hijas como niñas, alejándolas así de la posibilidad de que, ya como mujeres, desarrollen una vida sexual activa que las alejaría de su lado y atenuaría la relación de dependencia padre-hija que él ha construido con sus muchachas. Esto justifica que su encierro sea no sólo con Lucía, cuya dependencia paterna está justificada por su grave enfermedad, sino también con sus otras tres hijas, para quienes el objetivo de detener el tiempo es solamente un modo de privarles la posibilidad de construirse como personas plenas. 

El primer ítem aquí mencionado atraviesa todo el film -aunque en el desarrollo de la trama pareciera quedar relegado frente a la historia fantástica de los Vermehren-. Tal como dejamos entrever, el tema del dominio del arte sobre los acontecimientos reales es representado en el film a través del joven Carlos Oribe, quien -como lo describe Villafañe- es un poeta con demasiadas personalidades. Esto se debe a que Oribe vive su vida desde el arte. No necesita vivir experiencias propias, le basta con relatarlas. Y al hacerlo siente genuinamente que las ha vivido. Su destreza para construir relatos lo lleva a forzar la realidad y colocarse como protagonista de acontecimientos que vivió Villafañe (primero cuando el periodista se acerca a la casa de los Vermehren y le habla al danés a través de las rejas y luego cuando ingresa en la mansión y ve la belleza etérea de Lucía). Sin embargo esta voluntad de presentarse como protagonista de experiencias de los otros no se debe, como podríamos suponer, a un complejo de inferioridad de Oribe; sino que, por el contrario, estas acciones del poeta se justifican en la certeza, que él tiene, sobre la veracidad que habita en los relatos y la trascendencia que estos logran a través del tiempo -superando, incluso, a la verdad contenida en los hechos reales-. Esto es así, en parte porque lo real no es asible para los hombres y, en gran medida, porque los relatos siempre han deslumbrado a la humanidad en todas sus manifestaciones culturales. Pero Oribe también sabe que dichos relatos generan mayor fascinación en los receptores (las personas que los escuchan, los ven o los leen) cuando estos tienen la certeza de que quién los narra los ha vivido realmente. Oribe sabe que todos nos pasamos la vida negando las estructuras que sostienen los relatos para sentir que estos siempre son genuinos. Es por eso que Oribe primero escucha atento el relato de Villafañe, mas luego lo enriquece agregándole el misterio que él mismo construyó en torno a su persona (el personaje de poeta bohemio) y se posiciona como el protagonista absoluto del relato. Sólo necesita a Villafañe para proveerse de datos nimios que tornen al relato verosímil (pensemos que Oribe no conoce el interior de la casa y tampoco a las muchachas, algo que sí podrían conocer los escuchas de sus relatos). El resto de su relato parte de su imaginario, es por eso que cuando Villafañe se niega a seguir contándole lo que vio dentro de la casa, Oribe le cuestiona “¿Cree de veras que me hacen falta sus palabras?” . 

Esta pedantería de Oribe está sustentada en su dominio de las reglas del relato y su capacidad imaginativa, que lo llevan a tener control sobre aquello que trama, lo cual le permite constituírse como actante principal de aquello que desconoce. Sin embargo, es esta misma voluntad de Oribe por tornar genuinos y fascinantes sus relatos la que habilita su muerte. Debido a que al modificar los hechos objetivos, para mejorar la impronta de sus relatos, Oribe construye una trama que se presenta más verídica que los hechos que verdaderamente han ocurrido. Y esto termina por convertirlo en una víctima de su propia trama.

Fernando Morelli


María Concepción César y Raúl de Lange

(1)“Los films de Leopoldo Torre Nilsson”
Martín, Jorge Abel
Buenos Aires – ediciones Corregidor – 1980 (p.21)


video
Escena del film "El crimen de Oribe"